La política migratoria de la UE: un reto de futuro y una oportunidad de cambio

Escrito por: Daría Terrádez Salom, Directora General de Relaciones con la UE y el Estado, Presidencia, Generalitat Valenciana

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Hace unos días nos despertábamos con un nuevo rescate de personas en el mar Mediterráneo, aunque desgraciadamente 34 de estas personas ya habían muerto. Rescataron 34 cadáveres, 34 historias personales, 34 anhelos de mejorar una vida en la civilizada Europa. La mal llamada crisis de los refugiados es uno de los mayores escollos que está intentando superar la Unión Europea, sin mucho acierto, pues las muertes continúan de tal modo que incluso ya no nos sorprenden. Nos hemos acostumbrado a ver rescates al límite en alta mar, cadáveres flotando y menores desamparados, nos hemos acostumbrado a la peor imagen de la Unión Europea. Y no solo los refugiados están sufriendo unas políticas de asilo alejadas del más mínimo respeto por los derechos humanos, lo mismo ocurre con las políticas migratorias. Estas se han enmarcado siempre dentro del ámbito de la seguridad interior, lo que demuestra que la gestión de los flujos migratorios se aborda desde una aproximación negativa, pues son un problema y no una oportunidad.

El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea establece que “La Unión se fundamenta en los valores de respeto de la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto de los derechos humanos, incluidos los derechos de las personas pertenecientes a minorías. Estos valores son comunes a los Estados miembros en una sociedad caracterizada por el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la igualdad entre mujeres y hombres”. ¿Acaso no son igualmente dignos los ciudadanos europeos que los que llegan a nuestras costas, los que lo consiguen, en pos de una vida mejor, huyendo de conflictos y de situaciones de penuria? Palabras como tolerancia, justicia y dignidad se vacían de sentido ante las imágenes de un nuevo rescate en el mar o de los campos de refugiados tolerados y financiados por la UE.

En el año en el que se celebra el 60º aniversario del Tratado de Roma, de la andadura de un proyecto que, junto con el Consejo de Europa, pretendían traer la cordura a una Europa devastada por las guerras y por lo peor de la condición humana, la Unión Europea debería pararse y reflexionar. A todo ello, se añade un aumento del discurso xenófobo y racista lanzado por formaciones políticas claramente anti-europeístas  que están ensanchando, aún más si cabe, la separación entre ciudadanía e instituciones. Es hora de tornar hacia una UE más humana, es hora de retomar sus principios fundadores y reconstruirla sobre las bases del respeto de los derechos fundamentales y de la dignidad de la persona. Las personas que mueren en alta mar no entendían de estadísticas, ni de medidas de seguridad, ni de negociaciones de alto nivel, tan solo veían nuestras costas como un lugar seguro. Habrá pues que replantearse la política migratoria europea y de asilo, no desde una actitud defensiva, sino abierta y solidaria. La UE tiene ahora la posibilidad de cambiar esto, de acercar a sus ciudadanos a sus políticas, a sus instituciones y de frenar el ascenso de una  extrema derecha que niega los propios principios democráticos sobre los que debería estar forjada su estructura.

Por todo ello la Comisión europea debería tener más en cuenta a las regiones, a sus gobiernos, pues son estos los que mejor capacidad de acción tienen, al conocer mejor la realidad del territorio y de su ciudadanía y pueden dar una mejor y más pronta respuesta a todos los desafíos que suponen los movimientos migratorios. Quizás también deberíamos ser las regiones, con sus municipios al frente, las que tomáramos las riendas para exigir una política migratoria común más humana que, pese a ser necesaria, sigue aún demasiado centrada en temas de seguridad, lo que no beneficia en absoluto, tal y como se ha dicho antes, la acogida de las personas que llegan hasta nuestras ciudades. Por lo tanto, podría proponerse la apertura de un frente de diálogo regiones – Comisión, pues, al fin y al cabo, son los mejores interlocutores para aportar algo de luz a este “problema” humano ante todo.

 

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